Lo que tengo – lo que no = 2017

El otro día salí a caminar, cuando no era invierno, como lo es hoy. Disfruté de los mercadillos tradicionales en los que hay jabones, especias aromáticas, frutos secos garrapiñados y algodón de azúcar. Me gusta pasear por las calles heladas y observar la nariz roja de los transeúntes entre los puestos, todos siguiendo las luces de la calle principal. El vaho salía de cada expiración, se podían ver gorros con pompón y una señora de pelo blanco agarrando fuerte a su nieto, que quería escapar, en el primer descuido, hacia el vendedor de globos. Seguí el rastro del olor a castañas, casi de puntillas -como en los dibujos animados- y con sólo comerlas pareciese que mis manos hubieran entrado en calor.

Pensé -¡qué fortaleza la de los árboles pobres de hojas que aguantan en pie el largo invierno!- mientras caminaba del brazo de una amiga y sentía que no había pasado el tiempo, desde la última vez, estabamos iguales, pero joder, el tiempo había pasado. Entonces me paralicé, sólo para mis adentros, mis pies seguían sus pasos. En mi mente venían imágenes de ayer, de hoy, de lo que pudo haber sido, de lo que fue, de lo que es y será, o podrá ser. ¡Había llegado la maldita reflexión navideña a mi cabeza! Estaba colocando toda mi vida en una balanza, valorando lo que tengo y lo que no, haciendo la resta para ver si el resultado de mi año era positivo o negativo. ¿Cuándo me volví tan materialista? Tengo coche, trabajo, quiero un nuevo ordenador, viajar a la conchinchilla e ir al gym. ¿Perdona? ¿En serio?

A la vuelta del paseo, a paso ligero, iba sonriendo y muerta de fría; adoro la sensación de frío al mismo nivel que la odio, ese malestar al estar congelada es equiparable al placer de acurrucarse en el radiador y notar como se derrite cada poro de la piel. El mismo placer que cuando meto las manos bajo el grifo caliente y creo en la resurección. Decía que sonreía de camino a casa. ¡Qué bonita tarde! Reencontrarse con viejos amigos y prometerse a uno mismo que prestará más atención a lo que de verdad importa, que la vida se escapa entre un quiero y no puedo o puedo pero no quiero. Reflexioné tan bajito sobre lo absurda que es la vida que casi se me olvida. Apunté en un papel que debía acordarme de valorar la calidad de mi vida contando los días que me levanto con una sonrisa, para los que no lo consiga me sirvan de arranque para tirar para delante. Dejar de pensar que mi vida es viaje y puede que llegue, sino destino y estar siempre donde quiero.

Que la vida se escapa entre un quiero y no puedo o puedo pero no quiero.

Seguramente el papel lo tire dentro de unos días y no vuelva a acordarme hasta las próximas navidades porque la Navidad es eso, acordarnos de cuáles son (o deberían ser) nuestras prioridades, que irónicamente son aquellas de las que nos olvidamos el resto del año.

Menos mal que siempre quedará el algodón de azúcar para aquellos días en los que nos levantemos sin una sonrisa.

2017

 

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