Flotando en el mar

Estimado Capitán:

Hay días que duran un parpadeo, mientras otros clavan las manecillas del reloj marcando las tres cuarenta. La principal diferencia radica en el deseo y la segunda en el peso de las decisiones. Cuanto más grandes más malabares hay que hacer en el interior para no perder el equilibrio -que con miles de pequeños pasos se ha construido-. 

Me siento flotando en el mar, disfrutando de las olas pero sabiendo que como ser terrenal tarde o temprano tendré que volver a la orilla. Dejando que mi cuerpo se ondee al ritmo de la naturaleza, pienso en la maravillosa contradicción de que el agua es capaz de ahogar, así como de ser imprescindible para la vida. 

El tiempo que pasa, no regresa. Al igual que no se regresa nunca de la misma forma a una persona o a un lugar sintiendo lo mismo. El empeño constante de sentir lo mismo hace aislar nuevas emociones a punto de escapar entre los labios. Maldita manía de querer anclarse como chinchetas en puntos fijos para sostener imágenes, en lugar de aceptar que flotar en el mar sin nada, significa la libertad de construir con las manos en vez de sostener el peso de mochilas que se han ido llenando (de prescindibles).

Siento que la vida empezará de nuevo al poner los pies en la orilla. Siempre oí como los demás, hablaban de etapas. Que la vida se forma de etapas. Pero ¿quién puede negar que exista la posibilidad de que cada etapa sea una vida? ¿O es que acaso no es cierto que una parte de nosotros muere y otra nueva nace en cada transición? ¿Somos diferentes versiones de nosotros mismos o somos diferentes personas atrapadas en una misma versión? 

Con más preguntas que respuestas el viaje continúa Capitán y puede que pronto te escriba desde tierra. 

Sin nada más que añadir, me despido.

Rebeca

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