Amores de barra

Ella no es de esas personas que pasan de puntillas por tu vida. Ella es un soplo de aire fresco que aparece un jueves de lluvia en la puerta del bar, sin paraguas, con el pelo empapado y una sonrisa en los labios. Un escalofrío recorre tu espalda y desde ese mismo instante sabes que tu vida no volverá a ser la misma que era hace 2 minutos. Antes de que apareciera con la sonrisa como maquillaje y el eye-liner corrido. Tú también te hubieras corrido mirándole a los ojos, tocando su pelo mojado.

Decides invitarla a una birra en la barra, pero ella es de esas que pagan. Te invita y no puedes dejar de mirar sus labios impregnados de espuma, cómo la envidias. Sus labios. La invitas porque no quieres que la conversación acabe, no sin haber descubierto los miedos que se escapan en sus sonrisas. Os invitáis mutuamente, todo fluye. Y os suben a la cabeza todas las miradas cómplices que habéis intercambiado. Tú estás más borracho que ella, se te ha sumado la embriaguez de sus besos. Inesperados en la barra del bar. De allí al portal. A su cama. Y piensas que tus manos son demasiado pequeñas en comparación con todo lo que quieres tocar de ella, quieres abarcar su mundo interior con tus brazos y te frustras porque son demasiado cortos para lo que es ella.

Demasiadas cervezas para un lunes. Demasiados besos románticos para un miércoles, entre dos conocidos que no son nada. Demasiado sexo para un domingo de resaca. Pero ella es así excesiva cuando tiene momentos de euforia pero escasa de sentimientos. Le encanta divertirse pero se aleja del amor, huye con sus miedos cada vez que alguien empieza a conocer la luz que ilumina su oscuridad.

Un día te deja. Y te quedas sentado en la cama pensando en qué jamás pudiste atraparla, ella es libre. Y por eso te encanta. No se ata a tu cama y tampoco lo hubieras querido, sólo deseabas que entrara de repente porque se acordaba de ti, porque pasaba por ahí. Había una temporada que todos sus caminos pasaban por tu casa.

Intentas odiarla, pero te odias a ti mismo por no haber besado un poco más sus alas, cada vez que se quedaba dormida sobre tus rodillas. Sabes que jamás podrás odiarla ni enfadarte con ella. Es de esas que quieres ver feliz, aunque sea lejos de ti, embriagada por otros amores de barra. Ella no merece tus sentimientos negativos porque es imposible no quererla y seguir queriendo quedar con ella. Sabiendo que nunca más sus jadeos serán bajo tu cara. Seguiréis quedando a tomar birra. Verás en sus ojos un universo. Escribirás cartas inspiradas en ella. Saldrá del bar moviendo la cadera, pero no te preocupes porque no dejarás de verla, siempre la encontrarás bebiendo cerveza. Y ella te sonreirá cuando aparezcas por mucho que en su vida llueva.

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