Pasear por Central Park nevado, en una ciudad que ha tomado un ritmo más pausado desde que la pandemia se instaló en nuestras vidas, me ha emocionado. Nueva York blanca y acompañada por sus luces navideñas se ha convertido en el escenario idóneo para la película de la vida de cualquiera. Así me siento, atrapada en un país inmenso que me hace creer que todo es posible. Puede que la Navidad ayude a ello también. 

Todo es posible, me repito cada día cuando vuelvo, de manera inconsciente, a darme cuenta que la vida a corto plazo se me presenta llena de oportunidades. Tener tantas puertas abiertas da miedo y atrae las dudas de las que tanto huí. Toca volver a levantar cimientos en otra parte, construir otra vida. Me pregunto si en cada etapa que camino soy la misma o si cada versión de mí se aleja cada vez más del origen que una vez fui. No lo sé. 

Lo que tengo claro es que alejarme de personas que una vez quise ya no atrae mi miedo a la soledad, antes retenía relaciones solo porque una vez formaron parte de mis días, pero ahora entiendo que hay caminos que igual que se cruzan, se separaran y bifurcan. Ya no vuelco mis ganas en retener aquello que no me aporta, porque sé que puedo ser feliz en otras personas y lugares que antes de conocer, serán extrañas pero que después se convertirán en familia. Puede que duren un breve periodo o toda la vida, pero eso no importa mientras se aprenda a aprovecharlas y cuidarlas el tiempo que en nuestro camino aparezcan.