Sonreí a la tormenta

Me desperté un día frío, de manera brusca. Encajé mal el golpe aunque mi reacción fue suave y calmada. Me había convertido en una experta en disimular el dolor cada vez que me repateaban el culo. Muchos me juzgan por enseñar la diana, dicen que faltan carteles luminosos en mi trasero donde ponga: ¡Eh, dále a ver cuánto aguanta! ¿En serio pensáis que es mi culpa? ¿O la culpa es de aquel que da la patada?

A veces no esconder los miedos y mostrar las vulnerabilidades parece que son síntomas de los débiles; aquellos que lloran, se expresan y hacen un mundo de las pequeñas cosas. Prefiero pensar que son valientes, muestran su verdad sabiendo que alguien puede llegar y destruirlo todo. Explotar su burbuja. Aún así vuelven a reinventarse, a definirse a sí mismos y a confiar. Yo conozco su secreto para construir de nuevo su vida sobre pilares sólidos y no sobre los escombros que otros dejaron. No os imagináis lo bonito que es apoyarse sobre columnas jónicas o dóricas (realmente no sé la diferencia), dar forma y convertir el material -lo que se tiene al alcance- en algo bello.

El secreto. El secreto es amarse a uno mismo más de lo que nadie lo hará. Quererse incondicionalmente ayuda a no caer en los abismos, a perdonarse -ya que es ahí donde empieza el perdón hacia los demás-, a creer y a no engañarse para no hacerlo con otras personas.

Un día escribí un microcuento, de esos que tengo a mares en las notas del teléfono porque por desgracia la inspiración no siempre me pilla trabajando. Ahí va:

“Le dijeron ámala por encima de todo. Y la amó por debajo de la falda.

Centenares de veces después ella entendió que nadie la querría como se quiere a sí misma.

Y esa fue su salvación.”

Creo que me fui por las ramas y dejé que las ideas fluyeran sin más. Empecé este texto diciendo que encaje mal un golpe, no porque me expusiera demasiado sino porque no lo vi venir. Y eso que era obvio. Pero qué más da que encajara mal el golpe, lo importante al fin y al cabo es que lo encaje, en aquel día frío y por fin la sangre volvió a correr por mis venas. Todo cobró sentido de nuevo, junté las piezas y me di cuenta que volvía a estar completa aunque tuviera moratones por todas partes. Hay heridas que no cicatrizan pero que son parte de la historia de uno mismo, por eso a veces hago el ejercicio de pasar la palma de mi mano sobre ellas mientras recito lo que aprendí en su momento.

El día del que os hablo comenzó a llover en cuanto terminé mi recital. Se acercaba tormenta. ¡Hacía tanto desde la última! Pero no me puse a resguardo, ya no, sino que sonreí y dije: te estaba esperando.

Sonreí a la tormenta

 

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4 pensamientos en “Sonreí a la tormenta

  1. Has tocado uno de los palos mas imprescindibles del sentimiento, ya sean jónicas, dóricas o corintias esas columnas son nuestra base para poder dar a luz a El secreto.
    Gran relato e interesante reflexión sin duda.

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