De cuando conquistamos Formentera

Nuestro amor puede resumirse en un paseo en una vieja motocicleta, bañándonos en cada una de las calas de Formentera hasta llegar al faro de la Mola. Asomarnos de la mano a su acantilado. Caminar entre sus casas blancas y beber Estrella. Salitre y arena.

Te hubiera dado el “sí, quiero” en ese rincón del mediterráneo. Frente a aquella iglesia blanca. Nunca he querido una boda, fue la única vez que se me paso por la cabeza. Jamás te lo dije. Pero me imaginé de blanco, descalza y con el pelo suelto movido por la brisa, tú en bermudas y una camisa de lino blanca. Sonriendo con el sol a tus espaldas. Como lo hacías sobre aquel muelle de madera mientras yo intentaba capturarte en una fotografía. Los dos en la playa. Imaginé un ramo de peonías resbalándose de mi mano para abrazarte. Un atardecer anaranjado. Pies descalzos. Besos de fuego. Una hoguera en la arena.

Fue mágico aquel viaje, casi un sueño. Cogimos curvas deprisa y a cada lado de la carretera veíamos viñedos, hablábamos de Florencia y prometimos que algún día iríamos. No recuerdo si ese día hicimos el amor, pero el placer que sentí allí, a tu lado, fue inexplicable.

Ojalá nos hubiésemos quedado atrapados allí para siempre. Alcanzados por el mayor éxtasis de felicidad.

Ahora que ha pasado el tiempo, he olvidado todo lo malo que tuvimos a lo largo de los años, las decepciones y discusiones. Todo se ha borrado de mi mente, ahora al recordarte sonrío. Al pensar en nosotros solo puedo recordar lo que fuimos aquel día de mayo. En la radio de nuestro coche de alquiler siempre sonaba: “Era lo bonito del mar, cuando estás a mi lado no hay otro lugar y era lo bonito de ser un par de enamorados…”. Palabras que acogimos como nuestras durante ese paréntesis y que ya hablaban del pasado. Como si hubiesen sido escritas para adelantarnos el final, ese que pospusimos creyendo que volveríamos a sentir la playa como nuestro refugio, testigo de nuestros secretos.

Y aunque un día los imposibles se hicieron realidad, hoy ya solo podemos añorar. Y ser dos cuando fuimos uno.

Hoy, solo puedo desearte más magia de la que nosotros tuvimos y más amor que el que supe darte. Y espero que algún día de primavera visites Florencia.

 

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