Cielo rojo

Estimado Capitán:

Ayer el cielo estaba rojo en Nueva Jersey, anunciando que la tormenta de nieve estaba cerca. Para que aprendiese de una vez por todas, que después del rojo, de la herida, del calor, llega el blanco, del equilibrio, del frío, de la calma. Así que con la lección aprendida y los dedos cruzados, pedí tornar las prisas en deliciosos bocados de aire fresco. Y la frustración en sueños alcanzables por diversos caminos. Lo pedí en voz alta frente al espejo, porque hace años que ya no creo en dioses ni ellos creen en mí. Porque anoté mis pecados con tinta y orgullo, en lugar de culpa. Eso me costó un precio, desaprendí las partituras que las bocas tradicionalistas repetían y aprendí que el autoconocimiento es el mejor remedio contra los miedos.

Eso no se lo conté, no me dio tiempo. Aunque sé que intuyó lo que guardaba, como intuyó que eran los últimos momentos que compartiríamos. No voy a estar para cuando vuelvas, me dijo. No le creí. Sin embargo, ahora cada vez que me habla desde cielo, le escucho atentamente. Por eso sé que el rojo que vi ayer era porque me hablaba en silencio para recordarme que la calma siempre llega a nuestros corazones. Y que volvería a encontrar el sentido a los días marchitos. Lo he encontrado.

Sin nada más que añadir, me despido.

Rebeca

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