Un día echaré de menos los días fríos que se vuelven noche a las cuatro y media de la tarde. Los echaré de menos como cuando se anhela el pasado y se cree que no se saboreó demasiado. Como la espuma que ya se fue de los labios. Y aún sabiéndolo me empeño en gastar mis energías en preguntas sobre un futuro incierto y cercano. Como si por saber las respuestas no tendría prisa por llegar antes a la meta, la cual en realidad es, de nuevo, otra casilla de salida. 

No se trata de comenzar de cero, sino de reiniciar el recuento de primeras veces en otra parte, con otras personas. No es empezar de cero si la casilla de salida no es el útero de mamá, que eso fue hace mucho tiempo, sino otra casilla donde la corriente arrastra. Un nuevo tablero. 

Estas últimas noches las dediqué a ver The Queen’s Gambit, donde la protagonista dedica su vida a perfeccionar sus técnicas de ajedrez. Me acordé de mi padre jugando conmigo y enseñándome sus mejores defensas en nuestro tablero de madera.  El que terminé usando como mesilla de noche. Ahora echo de menos el juego, las horas interminables pensando en cómo enfrentarme a todas los posibles movimientos que el adversario me tenía preparados. 

Durante esos años aprendí a buscar opciones para los diferentes juegos posibles sobre el tablero, a usar el potencial que cada pieza podía aportarme y, a veces, a hacer movimientos improvisados que siempre despistaban. 

En estos últimos días he vivido ansiosa por adquirir respuestas de aquello que no puedo controlar. Así que decidí tomarme la vida como una partida de ajedrez, pensar en planes A, B y C para los posibles juegos que el futuro me aguarda. Porque hay muchas variables que se escapan de mis manos, pero siempre he de intentar adelantarme a todos los jaques que la vida plantea, y tener listas muchas jugadas. Cada jugada es única y diferente y por eso no con cualquiera se puede obtener la victoria. Por lo tanto, si hay derrota, echaré una nueva partida.